Tuesday, November 06, 2007

Pasto: zona de transición




Zona de transición


Pasto, Colombia. Agosto del 2007

En la ecología, se llama zona de transición al punto en que se encuentran dos ecosistemas, o pisos ecológicos. Esto es muy claro y fácil de observar, por ejemplo, cuando uno aborda un teleférico como el de la ciudad de Mérida, en Venezuela: durante el trayecto se ve cómo se mezcla el bosque altoandino con el subpáramo (es decir, cómo en la medida que avanzamos en la altitud, las plantas van cambiando); en biología, es algo interesante, más no sorprendente. Caso distinto el de las culturas, pues las áreas de mutación suelen presentar rasgos particulares. (seguir leyendo...)



En México es relativamente natural constatar la zona de transición de la frontera norte: si bien es cierto que hay muchos habitantes de ascendencia mexicana en el sur de los Estados Unidos, también es cierto que la frontera política ha creado una cultura muy original: “los pochos” o “los chicanos”, les llamamos: la mezcla de idiomas y grupos étnicos ha logrado una personalidad así. Posiblemente por las amplias diferencias entre las culturas de ambos países, nos atreveríamos a decir que la frontera política está tan marcada como la física: de un lado los norteamericanos(1)con sus reglamentos y ordenamientos de orden sajón, del otro, los mexicanos con lo latino y, entre los dos, de ambos lados fronterizos, una corriente de cultura “binacional”, bien distinta a la mexicana y a la estadounidense (si bien con orígenes claramente distinguibles)(2).

La suerte me ha hecho un hombre de viajes (largos, cortos, virtuales, literarios y físicos), y justo hace unos días, en el eje cafetero colombiano un investigador dijo una frase que me pareció (y ahora toma más sentido), bastante racista: se refirió a “la pastusa” de equis lugar. Los pastusos son los habitantes de la ciudad de Pasto, en el sur colombiano, casi fronterizo con el norte ecuatoriano.

Me llamó la atención el comentario, sin embargo lo dejé pasar, pero un par de días más tarde, volvió a mi mente cuando abordé el autobús para abandonar, no sin pesar, la linda ciudad de Pereira, para dirigirme a Pasto.

Y fue cuando comprendí dónde comienza el mundo andino.

Los Andes, física y geográficamente comienzan en Venezuela y culminan en la Tierra del Fuego: por eso es que en mi tesis me esforcé por abarcar al menos tres países que tuvieran su porción montañosa en esta enorme cordillera, sin embargo esta mañana comprendí que el mundo andino comienza donde inicia la distribución geográfica de los pastusos… sin ofensa esta vez.

Con asombro descubro al desembarcar en la capital sureña, su enorme similitud con el Perú y el Ecuador, y no sólo eso, sino la mayúscula desigualdad con el resto de Colombia: la tierra del Gabo, ese sitio místico-caribeño, de hombres blancos y mulatos, de ron y aguardiente, de vallenato y cumbia, de productores de café y de caña, termina en Popayán.

Fue como si hubiera cambiado de país: sin haber cruzado la frontera me fui encontrando con rostros más cercanos al inca, de corte arguediano o mariateguiano (3): ese silencio campesino de cabeza gacha que difícilmente te mira a los ojos: mujeres que ya no son altivas, sino sumisas; sin música ranchera, sino ritmos peruanos; con hombres taciturnos que dejan de hacer bromas y de hablar de usted, para entremezclar las segundas personas -del singular y del plural- sin reglas aparentes.

¡Pero claro! Ahora recuerdo una charla entre biólogos o ingenieros forestales hace unos meses: “para mí, está más que claro que el hombre adapta su forma de ser al ecosistema en que se encuentra y reacciona de acuerdo con él: el frío hace gente fría, el calor impulsa a la extroversión”.

Sí, los Andes comienzan físicamente en Venezuela, pero las alturas verdaderas se inician en el sur colombiano: tienes picos Bolivar, Humboldt, Sierra Nevada de Santa Martha, Parque de La Culata y Nevado del Ruiz, sí, pero la diferencia es que su gente vive a menos de 2 mil metros sobre el nivel del mar (alguien hablará de Bogotá, pero la capital colombiana le da la espalda a sus montañas y mira hacia sus altos edificios y el mundo occidental). En cambio en el Departamento Nariño (zona fronteriza), comienzan las zonas habitadas a más de dos mil seiscientos: el verdadero mundo andino (4).

Me pregunto si no deberíamos hablar de los altos andes y de los bajos andes: en los altos están aquellos descendientes de los incas (qué casualidad que exista una “Laguna de la Cocha” y que a la Madre Tierra le llaman “Pachamama”), mientras que en los bajos, se encontrarían la mayor parte de los llegados después del siglo XVI: españoles, alemanes, africanos, chinos, etc. Y en esta idea, Pasto representa una zona de transición en la que el 80% del mundo caribeño-colombiano (y de la colonización blanca) se ha ido –o en realidad nunca ha llegado-, para dejar el espacio a los hijos de Viracocha.

Por supuesto que esta reflexión me obliga a concluir también que el sur del mundo andino no está representado en lo absoluto por Ushuaia, el Calafate, Neuquén o Atacama, sino por la quebrada de Humahuaca, aquel sitio del altiplano por el que descienden los bolivianos en busca de mejores oportunidades en la hermana Argentina, y aterriza en Jujuy; más al sur, sobre los andes, estaban los mapuches, patagones y araucanos.

Todo esto, para decir que me parece que hay sitios como Pasto, en los que uno supone que la cultura local está más cercana a la de los altos andes, que a la de los bajos, y que sin el más mínimo ánimo de generar una controversia diplomática, siento que esta ciudad está más cerca de lo “andino”.

Lo veo como una pequeña prueba más, de que nuestras fronteras políticas no tienen la más mínima relación con la ecología (esta materia no reconoce líneas puntuales de rompimiento, sino áreas muy amplias de mezcla que terminan por conceder más presencia a un ecosistema en particular -pero siempre encontraremos un frailejón perdido en los límites del bosque alto-), cuando somos parte elemental de ella, y que si los humanos tuviéramos dos deditos más de frente, dejaríamos de preocuparnos por el asunto de las nacionalidades y divisorias cartográficas, para atacar el punto de lo mucho que podemos aprender de estas mezclas.

Es justo como la planta que espera el buen viento para conquistar los tres metros siguientes echando al aire su semilla, en una clara muestra de la búsqueda de mejoría genética a través del intercambio ecosistémico (y como diría un buen amigo, de fluidos electromagnéticos). Dicho sea de otro modo: “Tiremos todos lo muros, y hagamos las mezclas y no la guerra”

(1)Aunque el término esté mal usado, porque los mexicanos pertenecemos también al norte del continente, pero dejémonos de discusiones infructuosas
(2)Me interesa hacer ver, y espero estar explicándolo correctamente, que es muy notorio darse cuenta de cuándo uno está del lado norte, y del lado sur: a pesar de la mezcla, intento sustentar la clara diferencia entre ambas naciones; y por otro lado, hacer ver que esa zona de transición está representada por los “pochos” y “chicanos”. Espero que la lectura del resto del artículo pueda aclarar la idea.
(3)Por Arguedas y Mariátegui, escritores que analizaron mucho la personalidad del habitante de los Andes peruanos.
(4)Visto como los indígenas (incas y sus antecesores) que habitaban la montaña a la llegada de los españoles –recordemos que los incas nunca tuvieron ciudades de importancia en la costa.

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